Hay individuos que desde la nada alcanzan lo absoluto, personajes hechos a si mismos con muy pocos medios a favor, salvo el talento y la constancia, y casi todo en contra. Jordi Socías (Barcelona, 1945) es uno de ellos. Nacido en el barrio de la Sagrada Familia de Barcelona en el seno de una familia laica, obrera y republicana, con padre encarcelado por el franquismo e incipientes estudios en la Universidad Laboral Francisco Franco de Tarragona (de donde fue expulsado por denunciar a un profesor pederasta) en la infancia de Socías se reunían todos los ingredientes suficientes para alcanzar la delicuencia o, en el mejor de los casos, un anodino pasar. Cualquier cosa menos la maestría de una disciplina artística. Comparte con otro artista también hecho a sí mismo, Juan Marsé, la proclividad al callejeo y un primer trabajo de aprendiz en una relojería.
De la escuela de la calle le queda, como a tantos otros, una mirada comprensiva y sobría de sus gentes y lugares. También una espléndida capacidad para valorar los pequeños placeres de la vida. Al fin y al cabo, el que se ha criado entre aceras, descampados, recados domésticos, baretos, futbolines y puestos callejeros es capaz de apreciar lo que otros no valoran: desde el perfume y el sabor de un bisonte comprado al detall hasta la amistad solidaria en tiempos de crisis o una entrada de gallinero en un cine de barrio con programa doble. Después vendrían el incipiente y deslumbrador contacto con la cultura autodidácta , las tertúlias de café, los primeros amores, el adoctrinamiento político, las sesiones de cineclub con Antonioni y Torres Nilsson y los viajes por carreteras secundarias como representante de relojes de medio pelo. Una paulatina formación en conocimientos tan diversos como el carnal, el textual, el audiovisual y la red viaria de tráfico, siempre a golpes de intuición y sugerencias amistosas. El caldo de cultivo que permite, por ejemplo disfrutar un Canet-Rock de los años sesenta como si se alcanzara el nirvana.
Jordi Socías es tan radicalmente autodidacto que sus primeros contactos con la fotografía, el oficio que le marcaría de por vida, los tuvo a través de un curso por correspondencia. Ya entonces se había visitado París y, por tanto, ya había descubierto lo que era la vida cuotidiana en libertad, los símbolos comunistas, los quioscos con revistas sin censura, los cines con las películas prohibidas, la subversión surrealista, las librerias sin trastiendas, los bistrots, la sensualidad de la mirada ... quizá por todo ello el autorretrato que prefiere sea esa amalgama de flores, rombes, moquetas y oso: hay un cierto caos y un cierto orden. Una actitud serena, de tranquilo recogimiento sin cerrar la puerta a lo imprevisto. No se sabe muy bien si es un homenaje al refranero popular (“el hombre y el oso ...”), a la divulgación naturalista o el preámbulo de un idilio en hotel de cinco estrellas. En todo caso, es su autorretrato favorito, y freudianos tiene el mundo para desentrañar las claves. Como zúrrela es el espléndido retrato de Brigitte con los peces, o el pulpo. Con la foto de Pirata, el perro de Bigas Luna, puede concluir esta pequeña muestra de la zoofilia de Socías. En la exposición retrospectiva hay también numerosos testimonios populares: huelgas de la SEAT en Barcelona, verbenas de barrio, manifestaciones, conatos de golpes de estado en febrero, entierro de líderes políticos, algo de la España cañí: la vida. En esta ocasión, el autor ha elegido tres instantáneas muy diferentes con un denominador común: la fuerza expresiva. Tres habaneros disfrutotes en el interior de un coche, tres sicilianos endomingados sin el menor atisbo de relajación y un retrato de grupo en la cafetería de las Cortes de los Diputados el día después de la muerte del inmortal.
Juan Marsé, su compañero de primeros pasos de currículo, o Juan José Millás harían maravillas en la descripción de estas fotos. Ese diputado de cuidadas patillas a lo Rosano Brazzi que hojea la esquela del difunto entre la altanería y la incomprensión en una coreografía de peripuestos camareros es un inagotable manantial de inspiración para cualquier pluma con talento. A ello hay que sumar una gran cantidad de espléndidos retratos a figuras de las artes y las letras, buena parte de los cuales han visto la luz en las páginas de EPS, en el que su autor es el responsable de su edición gráfica: desde un extraodinario Dalí hasta un Vicent sentado en la mesa de billar con la misma soltura con que los banqueros de varias generaciones se sientan en los bordes de las mesas de caoba, o un Eduardo Arroyo señorial y colorista y una carnal Penélope Cruz. Nunca un curso de fotografía ha generado tal derroche de sensibilidad y humanismo.
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